La siembra

.

Sólo una vez tuve un huerto, de pequeña, cuando mi tío Dani me trajo una matas de ají y tomates y una planta larguilucha de sandía, que nunca llegó a dar frutos. Recuerdo que cada día iba a revisar las plantas. Si habían orugas, las quitaba, si la tierra tenía sed, la regaba. Seguía al pie de la letra los consejos de mi tío. Un día aparecieron las flores blancas del ají y las flores blancas con estrías amarillas de las tomateras. Se formaron los frutos, desde los que parecían ser simples detalles. Crecían y el perfume de aquellos ajíes colgados de la planta anunciaba el momento… No sabría cómo poner en palabras ese olor, aún sabiendo que lo conservo catalogado en mi memoria olfativa, en el fondo de mi cerebro reptiliano.

Era todo un trabajo, el mismo que a mayor escala se presentaba ante mis ojos cuando el verano avanzaba y el calor se hacía cada vez más sofocante: era la época de la cosecha. Campesinos y machetes. Puntitos lejanos en un horizonte de cañaverales y arrozales. El gesto reiterativo. El brazo que se eleva, la espalda curvada y ¡zas! El golpe seco y tajante. El espíritu de Elegguá se multiplicaba y se abría camino entre cañas, ratones y culebras.

La vida del campo. La siembra, el riego, la espera, la cosecha. Embarazar, nutrir, los ciclos de la luna y la paciencia, esperar el momento sin poder anticiparlo, recoger, seleccionar, moler, amasar, nutrirse.

Cuántos actos, cuántos verbos. Todos cabían en la melasa de caña o en el saco de arroz que le entregaban a mi abuela y que pulíamos de los gorgojos, en un acto tan mecánicamente meditativo como tranquilizador.

Desde aquella experiencia no tuve contacto directo con la tierra. Hoy retomo el recuerdo de infancia, tan aparentemente anecdótico, y pienso en mi, como artista, o más bien, como creadora. Pienso en las personas con las cuales construí espacios imaginarios, melodías, letras y danzas. Recuerdo todos los ensayos y pienso en el próximo, mañana. Revivo los escenarios compartidos tanto en la música como en la danza. Reflexiono también sobre la escritura, como proceso que estuvo siempre latente en mi, como herramienta de discernimiento.

Pienso en este blog, en mi camino y en el de Francesca, en nuestros proyectos individuales, en los compartidos. Y hoy quiero y debo mencionar todos aquellos momentos (que de cara al público y a los lectores son invisibles) en los que la espera de los frutos se hacía eterna y nos desalentaba.

Para sobrevivir a la desesperación asumimos todos los roles: yo te escucho a ti y te doy ánimos, tú me escuchas a mi y me dices que no me preocupe, vendrán tiempos mejores; a veces nos encontramos en el mismo barco hundiéndonos por inercia, en un momento histórico donde no hay día en el que por algún rincón recóndito de tu mente no aparezca la duda, la frustración, la decepción, aunque sea a pequeñas dosis. Y sabemos que el talento lo tenemos, las ganas ni se diga, pero qué difícil es vivir de ésto. Y así acabamos haciendo “trabajos-compromiso”, que nos permitan pagarnos la renta, las facturas y algo de comer. Y si nos sobra, lo invertimos…¿en qué? En el arte, en la belleza de una verdad, en el proyecto que nadie fuera de nosotros sostiene, en el material que necesitamos para realizarlo.

Sacamos las semillas desde nuestros espacios intelectuales, creativos y sensoriales más profundos. A veces las compartimos, a veces las protegemos en solitario. Buscamos el terreno y para ello invertimos tiempo, escucha, dinero. Son tantos los sacrificios y muy escasas las promesas de realización. Pero continuamos, porque amamos lo que hacemos, porque tiene sentido estar allí, en aquella espera que parece no llegar a su final. Porque es allí cuando nos cuestionamos lo que hacemos cómo lo hacemos y es allí, en aquel juicio ante nosotros mismos, que luchamos contra todas aquellas voces que boicotean nuestros planes.

Luego llega un día en que te sientes agotada, no puedes más, sientes que en cualquier momento vas a tirar la toalla. En tu cabeza resuena una sola palabra: basta. Son los estambres de la flor que marchitan y caen.

Cuando todo pierde sentido, a veces aparece un minúsculo detalle. Un detalle tan significativo que te devuelve a la ilusión, un esbozo de fruto. Te invitan a participar a un festival internacional de poesía, aunque no tengas un poemario editado. Seleccionan tu laboratorio de antropología visual para que lo presentes en un convenio internacional. Sientes que lo que has hecho llega a los demás y logra mover emociones. Recobras sentido, en el otro, te retro-alimentas a través de los mismos resultados que tú has llevado a cabo y a partir de ellos tomas un nuevo impulso. Y sigues adelante, sabiendo que “la cosa está jodida”, que “aquí no pasa nada”…pero tú en el fondo sabes que algo pasa, y que se mueve en lo profundo. Las plantas siguen sus procesos de fotosíntesis. Tú sigues cuidando de ellas. Siembras, riegas y esperas.

.

Anuncios