Laberinto


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.  Aquel hombre estuvo tantas veces perdido frente a mi. Y yo, no sé aún por cuál razón, en ese momento me quise perder en su laberinto. Al principio era todo tan seductor. Me atraía obsesivamente, como atraen las puertas semi abiertas, o los callejones estrechos, de farolas y penumbras. Empecé a seguirle el paso y cuando ya era demasiado tarde para hacer marcha atrás…A veces me acurrucaba en algún rincón oscuro y frente a mi un desorden de atajos paralizaba el más mínimo gesto. Otras veces él estaba allí, me daba la mano, me decía “ven” y todo ese laberinto empezaba a cobrar sentido: se iluminaba, reverdecía y hasta se ensanchaba a cada paso. Cuando soltaba mi mano y empezaba a correr, entonces yo recogía todo mi entusiasmo, le seguía a pecho abierto. Pero él se escabullía, no giraba su mirada atrás, se olvidaba de mi y corría, corría, corría. Mi respiración entrecortada, el cuerpo sudado y cansado, los músculos tensos, luego el abandono de los brazos, el abandono que pulsaba en mis pupilas, ardía, hasta que rompía en un llanto y el pecho se me encogía.

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  Hoy camino por un laberinto de calles y palabras. Ya no le sigo los pasos a ninguna mirada perdida. Hay momentos en que el cielo vuelve a oscurecerse, sopla un aire frío, siento el pecho dolorido y pierdo la brújula frente a la pregunta recidiva: ¿por qué? ¿para qué escribo esto si todo está dicho, si todo ya fue? Entonces pienso que mi intento no vale nada, que aquel tiempo no valió nada. ¿Me he vuelto a perder? Cierro los ojos, respiro: inhalar, exhalar, inhalar, de nuevo exhalar. Sí, me he vuelto a perder, pero sé que hay un camino, que de aquí podré salir, porque ya lo recorrí una vez. Llevo conmigo la tinta negra y ésto lo escribo, en mi piel, en las piedras, en las hojas de la hiedra. Estiro las palabras y se hacen hilo negro. Me nombro: Ariadna. Persigo consonantes y vocales. Es mi historia que se cuenta y me guía. Ya no tengo miedo, el recuerdo es un Minotauro. Lo saludo: “¡hasta la próxima, bestia mía!”.

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De rosa vestida (II parte)

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  Al final del ensayo salimos afuera. Pasamos de un espacio cerrado, mezcla de sudor y vatios, al patio bajo el cielo de la capital, artificialmente iluminado, con su humedad tropical del noventa por ciento. Todos empezamos a sudar cada vez más, todos menos ella que parecía no tener poros. Ni una gota de sudor. Tal vez fuesen los tacones que al mantenerla elevada unos centímetros la hacían menos terrenal.

– El final de “Vacío en la ciudad y en mi” hay que aclararlo. Hay algo allí que no me acaba de convencer -dijo el baterista mientras se pasaba la mano en la frente para quitarse la capa pegajosa de sudor.

– Podría yo en la última vuelta reforzar en negras, hasta el do. Paramos, se queda la voz y volvemos con todo. Tú dale duro a los platos en el final -le contestó el guitarrista con tono entusiasmado, como si hubiese querido volver a la sala de ensayo en seguida.

– Bueno, bueno, mañana tenemos ensayo…ya lo probaremos. ¿Quién me deja un cigarrillo? -dijo el cantante con cierta prisa, mientras miraba el suelo fijamente.

  El cantante encendió el cigarrillo, soltando una bocanada de placer y nicotina. Después de esa pausa casi meditativa retomó la palabra y empezó a hablar sin intervalos. Yo estaba acostumbrada a esas charlas posteriores a los ensayos donde se habla de todo menos de política o religión, pues lo que los músicos necesitan después de varias horas de concentración y esmero es darle espacio a la liviandad. Pero había algo que no reconocía. Era el ritmo inquieto de su labia. Apenas su interlocutor empezaba a contestarle o intentaba tomar palabra, el cantante lo interrumpía, para auto-contestarse a si mismo. Su Venus escuchaba en silencio, quieta. El cantante nos anunció una lista de sus intérpretes favoritos del rock y sus cantautores estrellas, hasta llegar en un salto generacional a mencionar al sonero mayor, Benny Moré, elogiándolo con halagos y adulaciones. Cuando acabó el capítulo de los cantantes pasó a declamar un amplio repertorio de chistes. Empezó luciéndose con el típico chiste misógino al que reaccioné rechinando los dientes. Acababa un chiste y no dejaba que se aquietaran las risas que ya remontaba con el siguiente. Algunos más perspicaces que otros y un par lo suficientemente vulgares para haber sido contados en una cantina de mala fama. La madonna seguía escuchando en silencio. El bajista, que hasta ese momento no había abierto boca, tomó la palabra y dijo: “ahora quiero contar un chiste yo”. Aclaró su voz, tomó posición, esperó un segundo para capturar la atención de su público particular y dijo:

– Le dice un clítoris a otro: “Oye, que me han dicho que ya no te corres.” Y contesta el otro: “¡BAH! ésas son las malas lenguas.”

  Un milésimo de segundo de silencio se antepuso a la sonora carcajada que llenó ese espacio y tiempo, haciéndolo único y ferozmente vivo. Era la madonna, sostenida en sus tacones, que con su inesperada risa había abierto sus ojos azules, su rostro todo, como una ventana en una cálida mañana de verano. Su rostro, su cuerpo, todo cambió. De repente se transformó en niña feliz, traviesa, chispeante. En mujer ágil, descalza, libre. No paraba de reír (o tal vez fuese mi percepción que le dio eternidad a ese canto alegre). Yo veía en aquella carcajada un campo de espigas doradas y en el medio de ese campo corría una mujer libre, sin rumbo riendas o dueño. Libre. La madonna reía a más no poder, sin límites ni tabúes. Aquella risa era una invocación a Baubo, la diosa del vientre, y a todas las diosas de la obscenidad. Sí, en su risa resonaban fuertes las palabras de Clarissa:

Cuando se ríe la mujer respira libremente y, al hacerlo, es posible que empiece a experimentar unas sensaciones no autorizadas. ¿Y qué clase de sensaciones son ésas? Pues, bien, en realidad, no son sensaciones, sino un alivio y un remedio para las sensaciones, un alivio y un remedio que a menudo dan lugar a la liberación de lágrimas reprimidas y a la recuperación de recuerdos olvidados o a la rotura de las cadenas de la personalidad sensual.*

  Y así fue, con una risa, que aquella madonna de rosa vestida rompió todos mis esquemas y soltó mis ataduras, me ofreció su alivio y compartió mi remedio.

 

 

 

*CLARISSA PINKOLA ESTÉS, Mujeres que corren con los lobos

De rosa vestida

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  Demasiado blanca era su tez para aquella ciudad. Su rostro era ovalado, de rasgos dóciles. Una madonna de Raffaello que en vez de llevar el pelo rubio entretejido en trenzas y cintas, lo llevaba suelto, alisado, bien peinado y cuidado. Una madonna moderna.

  Estaba sentada en un sofá rojo. Cuando entré en la sala de ensayo la vi de inmediato. Su blancura deslumbraba en medio del color tostado de los músicos, todos mestizos, mulatos, morenos. Hasta mi piel clara (herencia de mi madre que escondía el sustrato de sangre mestiza) se oscurecía a su lado. Llevaba un vestido color rosa, de corte romántico que le marcaba el busto en un escote discreto. Desde su plexo el vuelo de la tela caía suavemente hasta sus rodillas. Iba maquillada, pero su maquillaje era sencillo. Llevaba tacones altos. Yo la observaba de reojo entre un acorde y otro.

  Su mirada de ojos azules estaba totalmente volcada hacia un hombre: el cantante. Con su celular le tomaba fotos y videos como si hubiese querido capturar cada una de sus emociones en memoria de gigas. Los roles se habían invertido. Él era la musa observada. ¿Cómo se hubiera sentido Raffaello si su modelo de repente hubiese sacado los pinceles para dibujarle un retrato? ¿Cómo hubiera reaccionado al ver su rostro pintado en cuerpo de San Sebastián, con ojos rebosantes de lágrimas y flechas atravesándole las carnes? Sí, pintado por su mismo objeto estático, su inspiración pasiva de repente tomando poder, dejando de ser puro reflejo sumiso de la belleza.

  Al cantante le gustaba ser observado. Cuando se sentía bajo el ojo de la mujer lucía una disimulada sonrisa de coquetería. Dicotomía de hombre: sencillez de pueblo y complejidad intelectual. Mercurio batía los pies alados sobre su lengua: era buen orador, escritor, cantautor. Ameno de carácter, educado y a veces burlón. Incapaz de comprometerse en una relación. Mujeriego y machista a tal punto que parecía hasta orgulloso de serlo. Ego-céntrico, en el verdadero sentido del término. En su sistema planetario quería ser siempre Sol. Buscaba el escenario para sentirse rodeado, escuchado, alabado, para llenar el vacío que le provocaban sus mimas cuestiones existencialistas. Buscaba el amor con el mismo fin: no para construir, compartir, crecer. Más bien para ver cómo las varias Venus recorrían sus órbitas en rotación elio-ego-céntrica. Era joven y de buen aspecto. Proporcionado, alto, esbelto. Sus ojos eran amarillos, como lo son algunos ojos allá en el interior del país. Ese color de ojos que busqué tanto cuando me alejé de esa tierra, lo busqué en muchos rincones. Lo volví a ver sólo en Marruecos, en lo alto del Atlas, entre los Amazigh. Aquel iris amarillento buscaba con constancia su contraparte azulado. Buscaba en la mirada de la madonna. Siempre encontraba reflejo.

  Del otro lado de su mirada estaba ella, de rosa vestida, maquillada, su pelo bien peinado y los tacones en los pies. Ella podía haber sido mi antítesis. En un imaginario polo opuesto me encontraba yo que hacía años había dejado de llevar tacones, desde aquella operación al menisco, y que de rubia no tenía ni un pelo. Por no decir lo del vestido rosa. No había nada parecido en mi armario. No hubiera podido llevar ese vestido puesto.

  En mi el rosa provocaba una desagradable sensación. Ese color me llevaba a pensar en el tabú cromático que se le seguía imponiendo a los niños: “que no se le vista de rosa al nene, no vaya a ser que nos salga mariquita”. Ese color pasteloso que había visto insistentemente en casi todos los productos comerciables para las niñas buenas, de buen vestir y buenos modales: desde el diario rosa, hasta la barbie, toda de rosa, la ropa, los muebles del cuarto, los lazos para el pelo, los esmaltes y pintalabios, los cuadernos de la escuela. Todo aquel universo rosáceo entró en mi pensamiento, sin que yo fuera consciente de ello, y de allí formó mi mirada del mundo y la de miles de niñas. Pero llegó un día cuando pude hacer una comparación que colocó todo en su lugar: la dicotomía azul-niño, rosa-niña, era la simbología cromática primaria del sistema binario de género. A mi también me había marcado ese color, desde el lazo que colgado en la puerta del cuarto del hospital anunció mi sexo al yo nacer.

  ¿Porqué me daba esa sensación de mala confianza ver a una mujer vestida de rosa? ¿Porqué seguía siendo esclava de todo ese conjunto de significantes y significados? ¿Acaso aún -después de tanta teoría y discurso de ruptura de género- no era libre de ir más allá de la impresión superficial, de la performance que esa mujer estaba poniendo en acto? Desconfiaba del rosa, desconfiaba de su pelo tan rubio y cuidado. En mi resonaba un bolero. Muñequita linda / de cabellos de oro / de dientes de perla / labios de rubí. Con esa canción en mi cabeza ella parecía desagradablemente buena, sumisa, bien portada. 

Entre sábanas limpias parida

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Me enseñaron que los pecados

se limpian

pero no me dijeron que tendría

que limpiarme de los tuyos.

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Desinfecto, enjuago, restriego

retuerzo, sacudo y cuelgo

las cándidas sábanas de una tristeza

vacía porque lejana, pero aún

respira…y apenas puede muerde.

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Cuelgo este cuerpo mío, que es también tuyo

y de todos los antepasados que me parieron.

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Placenta y arquetipos

generaciones de silencios

guerras anunciadas.

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Todo lo que se perdió

todo lo que descubrí

en un camino de ríos

puentes y lavanderas

recogiendo y soltando

limpiando legados y sonrisas

que no sé hasta qué punto

trajeron alegrías o más bien hirieron.

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Me enseñaron que los pecados

se limpian

hoy te digo que borré esa palabra

con lejía.

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Quedan solamente luz y sombras

muchas sombras

junto a mi cuerpo tendidas.

 

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